Donald Trump: La Crisis

El día 3 de enero, el presidente estadounidense ordenó el asesinato de Qasem Soleimani, un relevante militar miembro del Estado Iraní, escalando así décadas de conflicto latente entre las dos naciones. Irán hizo un drama mundial, tomó venganza días después atacando una base militar americana en Iraq y creó tensión abandonando el acuerdo nuclear que le impedía desarrollar armas.

 

En medio de todo ese embrollo, ambos países han dicho que no buscan una guerra frontal y desde entonces la crisis ha disminuido en intensidad, dejando el escenario propicio para una nueva guerra fría que se pelearía en pequeñas guerras subsidiarias que utilicen proxys para medir fuerzas y desestabilizar al enemigo sin tener que enfrentarse directamente.

 

Si bien la tensión bajó, sigue en el aire la pregunta de qué fue lo que llevó a Donald Trump a arriesgarse a entrar en un conflicto bélico. Las razones oficiales, desde su mitomanía patológica, son que él tenía información de que Soleimani atacaría inminentemente cuatro embajadas americanas. Las razones reales, sin embargo, distan mucho de eso y van más por el camino de la propaganda que usará frente a su impeachment y para su campaña de reelección.

 

No es un secreto que hace cuatro años Donald Trump ganó la presidencia haciendo una campaña nacionalista que centró en gran parte en contra de los mexicanos y de manera paralela una campaña sucia apoyada desde el exterior en contra de su contendiente Hillary Clinton. Sin embargo, para su nueva campaña la circunstancia lo despojó de ambas estrategias; no puede reciclar a los mexicanos como enemigo sin arriesgar el futuro del TMEC y fue descubierto en su intención de obtener de manos extranjeras información para desprestigiar a Joe Biden.

 

Con la campaña presidencial en curso, la acción contra Irán sería entonces idónea por las siguientes razones:

 

En primer lugar, crea un nuevo enemigo común en la psique colectiva alrededor del cual hacer una campaña nacionalista, como es la especialidad de la casa;  sustituyendo el miedo que se tenía de que los bad hombres mexicanos además de robar empleos llevaran drogas y crimen a los EE.UU., por el miedo de que los iraníes lleven a cabo un ataque que cobre vidas americanas.

 

En segunda instancia, apuesta por un muy necesario aumento de popularidad del presidente, pues lo muestra firme y dispuesto a defender los intereses y las vidas de sus gobernados en el exterior. Algo que ya ha ocurrido en el pasado y que impulsó a Kennedy durante la Crisis de los Misiles, a Bush Sr. Durante la Guerra del Golfo y a Bush Jr. después de los atentados del 9/11 entre 10 y 20 puntos porcentuales. Con una popularidad que ronda el 40%, un impulso de 10 o 20 puntos sería fundamental para asegurar su reelección, aunado a que en caso de que el conflicto escalara a los demócratas no les quedaría de otra más que cerrar filas con el gobierno, aún en medio de la campaña. Por lo pronto, en sus mítines, él se vanagloria de haber destruido una amenaza y de haber evitado una guerra.

 

 

 

Y finalmente, la escalada de un conflicto internacional desviará la atención que se tiene sobre su juicio político, pues si bien su destitución es prácticamente imposible, el cambio de conversación en medios y en el público opacará y neutralizará los posibles testimonios incriminadores de testigos clave para los demócratas que apuestan no a ganar el juicio, sino a hacer el daño suficiente para ganar la elección.

 

Si la jugada le salió está por verse. En mediciones recientes sus índices de popularidad/rechazo no han variado; sus contradictorias y escuetas explicaciones han restado legitimidad a la acción incluso entre sus copartidarios dejando en evidencia su naturaleza electoral; y queda en duda si la longitud del conflicto se mantendrá como para influir en la elección que será dentro de 10 meses.

 

La única cosa que ha quedado clara es que el nombre real de la crisis es Donald Trump.  

 

Donald Trump: La Crisis

El día 3 de enero, el presidente estadounidense ordenó el asesinato de Qasem Soleimani, un relevante militar miembro del Estado Iraní, escalando así décadas de conflicto latente entre las dos naciones. Irán hizo un drama mundial, tomó venganza días después atacando una base militar americana en Iraq y creó tensión abandonando el acuerdo nuclear que le impedía desarrollar armas.

 

En medio de todo ese embrollo, ambos países han dicho que no buscan una guerra frontal y desde entonces la crisis ha disminuido en intensidad, dejando el escenario propicio para una nueva guerra fría que se pelearía en pequeñas guerras subsidiarias que utilicen proxys para medir fuerzas y desestabilizar al enemigo sin tener que enfrentarse directamente.

 

Si bien la tensión bajó, sigue en el aire la pregunta de qué fue lo que llevó a Donald Trump a arriesgarse a entrar en un conflicto bélico. Las razones oficiales, desde su mitomanía patológica, son que él tenía información de que Soleimani atacaría inminentemente cuatro embajadas americanas. Las razones reales, sin embargo, distan mucho de eso y van más por el camino de la propaganda que usará frente a su impeachment y para su campaña de reelección.

 

No es un secreto que hace cuatro años Donald Trump ganó la presidencia haciendo una campaña nacionalista que centró en gran parte en contra de los mexicanos y de manera paralela una campaña sucia apoyada desde el exterior en contra de su contendiente Hillary Clinton. Sin embargo, para su nueva campaña la circunstancia lo despojó de ambas estrategias; no puede reciclar a los mexicanos como enemigo sin arriesgar el futuro del TMEC y fue descubierto en su intención de obtener de manos extranjeras información para desprestigiar a Joe Biden.

 

Con la campaña presidencial en curso, la acción contra Irán sería entonces idónea por las siguientes razones:

 

En primer lugar, crea un nuevo enemigo común en la psique colectiva alrededor del cual hacer una campaña nacionalista, como es la especialidad de la casa;  sustituyendo el miedo que se tenía de que los bad hombres mexicanos además de robar empleos llevaran drogas y crimen a los EE.UU., por el miedo de que los iraníes lleven a cabo un ataque que cobre vidas americanas.

 

En segunda instancia, apuesta por un muy necesario aumento de popularidad del presidente, pues lo muestra firme y dispuesto a defender los intereses y las vidas de sus gobernados en el exterior. Algo que ya ha ocurrido en el pasado y que impulsó a Kennedy durante la Crisis de los Misiles, a Bush Sr. Durante la Guerra del Golfo y a Bush Jr. después de los atentados del 9/11 entre 10 y 20 puntos porcentuales. Con una popularidad que ronda el 40%, un impulso de 10 o 20 puntos sería fundamental para asegurar su reelección, aunado a que en caso de que el conflicto escalara a los demócratas no les quedaría de otra más que cerrar filas con el gobierno, aún en medio de la campaña. Por lo pronto, en sus mítines, él se vanagloria de haber destruido una amenaza y de haber evitado una guerra.

 

 

 

Y finalmente, la escalada de un conflicto internacional desviará la atención que se tiene sobre su juicio político, pues si bien su destitución es prácticamente imposible, el cambio de conversación en medios y en el público opacará y neutralizará los posibles testimonios incriminadores de testigos clave para los demócratas que apuestan no a ganar el juicio, sino a hacer el daño suficiente para ganar la elección.

 

Si la jugada le salió está por verse. En mediciones recientes sus índices de popularidad/rechazo no han variado; sus contradictorias y escuetas explicaciones han restado legitimidad a la acción incluso entre sus copartidarios dejando en evidencia su naturaleza electoral; y queda en duda si la longitud del conflicto se mantendrá como para influir en la elección que será dentro de 10 meses.

 

La única cosa que ha quedado clara es que el nombre real de la crisis es Donald Trump.