El México de AMLO

Llegado diciembre se cumplió un año desde que Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia de México, y siendo honestos un año y seis meses desde que tomó el poder. Los 12 años de campaña ininterrumpida para llegar al puesto codiciado hicieron que él mismo creyera lo que repitió en cada rincón del país: un año le bastaría para arreglar el país que le dejó el PRIAN y que la legitimidad de su elección le ayudaría a impulsar su agenda y desterrar el neoliberalismo.

Hoy a un año, el presidente ha roto todas las expectativas que creó, pero no para bien. Si bien su idea de redistribuir el ingreso mediante subsidios sigue intacta y en marcha, el avance en los temas de la agenda pública ha dejado mucho que desear y aun así diariamente desde su mañanera abre un nuevo frente de pelea contra quien sea, haciéndose las cosas cada vez más complicadas.

Los beneficios políticos de su actuar son claros, pero ha hecho que su gobierno sea ineficiente. Con sus decisiones ha disminuido la inversión pública y espantado a la privada, haciendo que el crecimiento se redujera a unas cuantas décimas y se perdieran empleos; ha mermado la autonomía de la CRE, la UNAM, la CNDH y el INE y subordinado a los poderes legislativo y judicial; ha hecho que el país sufra en los rankings mundiales; ha logrado que la política exterior sea por demás cuestionada; no ha logrado arrancar sus tres proyectos insignia; ha empoderado al crimen organizado y logrado que la seguridad pública se perciba como hace 10 años, con un estado rendido ante los cárteles. Además, canceló el NAIM, ha asignado casi el 70% de los contratos de manera directa, aumentó impuestos, cerró guarderías, destruyó el presupuesto para financiar programas clientelares y la lista sigue y sigue.

Con un año de ser presidente, Andrés Manuel sigue actuando como una víctima de la mafia del poder, es incapaz de asumir responsabilidades y culpa de todo lo que pasa  a sus adversarios y en la soberbia dice que todo va bien, no hay ninguna necesidad de ajustar su forma de gobernar.

Él sigue en su camino, recto y derribando obstáculos, aunque nadie sepa a donde se dirige. Pero a un año de su toma del poder por primera vez su índice de aprobación se redujo, y por lo menos ahora sabemos que no es inamovible.

 

El México de AMLO

Llegado diciembre se cumplió un año desde que Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia de México, y siendo honestos un año y seis meses desde que tomó el poder. Los 12 años de campaña ininterrumpida para llegar al puesto codiciado hicieron que él mismo creyera lo que repitió en cada rincón del país: un año le bastaría para arreglar el país que le dejó el PRIAN y que la legitimidad de su elección le ayudaría a impulsar su agenda y desterrar el neoliberalismo.

Hoy a un año, el presidente ha roto todas las expectativas que creó, pero no para bien. Si bien su idea de redistribuir el ingreso mediante subsidios sigue intacta y en marcha, el avance en los temas de la agenda pública ha dejado mucho que desear y aun así diariamente desde su mañanera abre un nuevo frente de pelea contra quien sea, haciéndose las cosas cada vez más complicadas.

Los beneficios políticos de su actuar son claros, pero ha hecho que su gobierno sea ineficiente. Con sus decisiones ha disminuido la inversión pública y espantado a la privada, haciendo que el crecimiento se redujera a unas cuantas décimas y se perdieran empleos; ha mermado la autonomía de la CRE, la UNAM, la CNDH y el INE y subordinado a los poderes legislativo y judicial; ha hecho que el país sufra en los rankings mundiales; ha logrado que la política exterior sea por demás cuestionada; no ha logrado arrancar sus tres proyectos insignia; ha empoderado al crimen organizado y logrado que la seguridad pública se perciba como hace 10 años, con un estado rendido ante los cárteles. Además, canceló el NAIM, ha asignado casi el 70% de los contratos de manera directa, aumentó impuestos, cerró guarderías, destruyó el presupuesto para financiar programas clientelares y la lista sigue y sigue.

Con un año de ser presidente, Andrés Manuel sigue actuando como una víctima de la mafia del poder, es incapaz de asumir responsabilidades y culpa de todo lo que pasa  a sus adversarios y en la soberbia dice que todo va bien, no hay ninguna necesidad de ajustar su forma de gobernar.

Él sigue en su camino, recto y derribando obstáculos, aunque nadie sepa a donde se dirige. Pero a un año de su toma del poder por primera vez su índice de aprobación se redujo, y por lo menos ahora sabemos que no es inamovible.