CAMBIAR PREGUNTAS,
TRANSFORMAR REALIDADES
Antes de escuchar la palabra “autismo”, muchas familias pasamos por un largo proceso de consultas médicas, evaluaciones, terapias y sobre todo dudas. Finalmente llega la respuesta: sí, tu hija tiene autismo, con ello, no llega la claridad, si no mas incertidumbre.
Este camino casi nunca viene acompañado de algo fundamental: información suficiente, presupuesto ni redes de apoyo que ayuden a comprender lo que realmente significa vivir con autismo.
Entonces comienzan las preguntas.
• ¿Qué terapias necesita mi hijo?
• ¿Qué tengo que cambiar en casa?
• ¿Podrá ir a la escuela como los demás niños?
• ¿Cómo lo voy a incluir? ¿Qué debo priorizar?
Son preguntas legítimas que nacen del amor, del miedo y del deseo de hacer lo correcto, sin embargo, casi nunca aparece una pregunta distinta que podría cambiar la forma en que entendemos la inclusión: ¿Qué espera esta persona de mí?
No del sistema educativo en abstracto, no de la sociedad en general. De mí como madre, padre, maestro, terapeuta o ciudadano.
En lo personal, como madre de una hija de 15 años diagnosticada con autismo he comprobado que la inclusión a personas con discapacidad o neurodivergencia no empieza con elaborados programas, herramientas o grandes estrategias, ni siquiera con costosas capacitaciones; cada una de las personas en nuestras vidas han hecho la diferencia con su actitud y verdadero interés.
En el ámbito educativo la realidad no ha sido muy distinta, en nuestro recorrido siempre la diferencia la han hecho la maestra o directivos a cago, y justo a miles de familias al igual que yo, seguimos dependiendo de la voluntad dentro de cada institución para que acepten o no a nuestros hijos, o para que los incluyan en clases. Como abogada que conoce el marco normativo educativo reconozco los avances en educación; pero también reconozco que para la aplicación de la verdadera inclusión aun nos queda un largo camino
por avanzar.
En este camino, he aprendido que no siempre es relevante tocar puertas que no quieren abrirse, pero también no hay día en que deje de promover la importancia de la empatía en cada espacio donde me lo permiten. Creo profundamente en el compromiso de ser parte del cambio que queremos ver en la sociedad, por mis hijos y por los que vienen adelante. Y aun escucho preguntas sobre ¿cómo incluyo a este alumno en mi clase?, ¿cómo adapto mi programa?, ¿qué hago si no sigue el ritmo del grupo?
Pero quizá la pregunta debería cambiar de dirección: ¿Qué necesita este alumno de mí para poder aprender aquí?
La diferencia parece pequeña, pero cambia todo. Una pregunta intenta que la persona se adapte al sistema; la otra nos obliga a preguntarnos qué parte del sistema debe cambiar para que la persona pueda participar.
Hablar de autismo también implica reconocer algo que a veces se simplifica demasiado: no todas las personas dentro del espectro y sus familias vivimos la misma experiencia.
Hay personas con necesidades de apoyo nivel 1 que pueden estudiar, trabajar y participar activamente en distintos espacios sociales, aunque eso no signifique que no requieran apoyo para enfrentar los desafíos en la comunicación e interacción social.
También existen personas con necesidades de apoyo nivel 2 y nivel 3, que requieren apoyos más intensivos y a quienes se invisibiliza junto a sus familias.
Aquí aparece otra pregunta que como sociedad pocas
veces nos hacemos:¿Cómo escuchamos a alguien que no se comunica como nosotros? ¿Cómo damos voz aquellos que no la tienen?
Suena fácil, pero muchas veces ni las familias, que somos los más interesados en promover la inclusión de nuestros hijos tenemos la respuesta correctas… pero ¿Quién las tiene? Comprender que todos estamos en un proceso de transformación social nos da la pauta para la paciencia.
La inclusión no es solo un concepto técnico ni una política pública, es, ante todo, una práctica cotidiana de empatía y responsabilidad compartida.
Tal vez el cambio no empieza con grandes reformas ni con discursos complejos, tal vez empieza con algo mucho más simple y profundamente transformador: atrever nos a hacer preguntas distintas, pero, sobre todo, estar dispuestos a escuchar respuestas diferentes.
Si realmente queremos hablar de inclusión, el siguiente paso es claro: escuchar más, decidir menos por otros y construir entornos donde la personas con discapacidad y neurodivergencia tengan un lugar real. Eso empieza en casa, en la escuela, en las políticas públicas, en ti, en mi en cada uno de nosotros.
5 preguntas que transforman la inclusión
¿Qué necesita de mí?
Más que adaptarse a la persona, implica cuestionar cómo podemos facilitar su participación desde nuestro rol.
¿Estoy escuchando de verdad?
La inclusión comienza cuando dejamos de asumir y empezamos a entender desde la experiencia del otro.
¿Qué puedo cambiar hoy?
No todo requiere grandes recursos; pequeñas acciones diarias generan impactos reales.
¿Mi entorno es accesible?
Revisar espacios, dinámicas y actitudes permite detectar barreras invisibles que limitan la participación.
¿Estoy dispuesto a aprender?
La inclusión es un proceso continuo que exige apertura, empatía y disposición a hacerlo mejor.
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor.












