Recinto que trasciende del amor al patrimonio cultural
Un espacio que pasó de ser una herencia familiar al legado de una ciudad.
Parral es una ciudad de calles caprichosas, donde los edificios se aprietan y revelan un paisaje particular. Por eso, el avistamiento del Palacio Alvarado es una experiencia mágica: encontrar, en la estrechez de un callejón como el de la calle Riva Palacio, donde apenas cabe la cintura de un caminante, la inmensidad de un recinto con más de 120 años de historia.
La construcción del edificio comenzó en 1898, cerca del lecho del río, en la calle Guillermo Prieto, la cual desapareció cuando se levantaron los muros del hogar de la familia Alvarado Griensen. La obra concluyó en 1903; sin embargo, su decoración tomó tres años más, hasta 1906.
A partir de entonces, el Palacio Alvarado ha sido testigo de más de 120 años de historia.
Durante el siglo XIX, el Palacio Alvarado figuró en el auge de las minas, entre ellas La Palmilla, la cual consolidó la riqueza de don Pedro; también pasó por el Porfiriato, en cuya época -según se presume en una carta- el minero se ofreció a saldar la deuda externa de México con Estados Unidos, propuesta que rechazó el presidente Porfirio Díaz.
Luego sobrevivió a la Revolución. El recinto fue respetado del saqueo hecho por las tropas Villistas; incluso, Francisco Villa mantuvo una amistad con don
Pedro. Más adelante, con la inundación de 1944, cuando el agua arrasó decenas de hogares, la residencia fue una de las estructuras que soportó las inclemencias de la creciente del río.
Su mobiliario, más de 4 mil piezas, y arquitectura han resistido hasta nuestros días
Cien años después de su construcción, en 2003, el Palacio Alvarado se convirtió en museo y hoy nos permite, como caminantes, tomar otras rutas para conocerlo, recorrer una calle que ahora es una casa y transitarla de manera circular.

Al entrar, en lo alto, una figura femenina sentada sobre una fecha esculpida que indica el año de construcción -1903-, recibe a los visitantes. Después, las puertas se abren, mostrando las iniciales cruzadas de la pareja, dueña de la vivienda: una V de Virginia Griensen, que encuentra una forma diamantina con la A de Pedro Alvarado.
Al pasar las puertas, el visitante viaja al pasado. La verja de una ventana evoca cuando los mineros hacían fila para recibir su salario. Más allá, se observan los murales de Antonio Decanini: uno trae el mar a esta tierra desértica; otro más, presenta un callejón que se bifurca en un muro.
De igual manera, se notan veleros serpentear por ríos y plantas, así como edificios celestiales rozando la luz y cuerpos indefinidos que se pierden en la inmensidad de los paisajes.
También se puede ver una carroza fúnebre, en donde viajaron por última vez los cuerpos de don Pedro, doña Virginia y hasta de Pancho Villa.
En otra parte, en un salón rojo, hay muebles circulares, jarrones, sillas y cuadros que se acomodan en reflejo, como un espejo. Y al centro del Palacio se observa una fuente de donde emana agua de la boca de un pez al que se aferra un niño.

Son muchos otros detalles los que provocan la admiración del trabajo de los arquitectos Isaac L. Ceballos y el cubano Federico Gabriel Amérigo Rouvier.
En sí, el Palacio Alvarado no solo refleja la concepción estética de su época, es también el esfuerzo de trascendencia en el paisaje de la ciudad, es un monumento a un amor que no perduró lo suficiente como para habitar este hogar -doña Virginia falleció en 1905, un año antes de que se finalizara la decoración-, es una herencia familiar que se convirtió en parte del patrimonio cultural de una ciudad.
El Palacio Alvarado es un legado para la memoria y la identidad de Parral y del estado de Chihuahua.
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor.












