Maximalismo sutil
Entre la austeridad del minimalismo y la exuberancia maximalista, la sutileza del gusto personal añade un toque de discreta distinción.
Conscientes de que los hogares son más que espacios donde satisfacer las necesidades primarias, en la actualidad se les ha dado importancia al confort, a lo bello y, sobre todo, a la apropiación de ellos, dotándolos de elementos que reflejen la personalidad de quienes los habitan.
A lo largo de la historia, el ir y venir de las corrientes artísticas han dado respuesta a las necesidades sociales y emocionales del momento. Es ahora cuando vemos cómo, en respuesta al minimalismo que dominó la última década, con sus espacios austeros y paletas de colores monocromáticas, surgió una necesidad de expresión más profunda, dando paso a algo con más carácter.

Esta transición no fue repentina. La pandemia fue uno de los aspectos que influyó en la sociedad, obligándola a evaluar su relación con el espacio interior. Las paredes blancas y los ambientes serenos, aunque hermosos, comenzaron a sentirse fríos e impersonales.
El toque personal y distintivo surge entonces como una necesidad de conexión con el ambiente que envuelva el hábitat, debido a que los objetos decorativos ya no cumplen con la simple función de llenar espacios, sino la de acoger y reflejar la personalidad de sus habitantes.
El maximalismo sutil nace como una respuesta a esta necesidad. No se está hablando del maximalismo exuberante ya conocido, sino de una nueva interpretación que honra tanto la abundancia de elementos como al orden de los mismos. Es la libertad de exhibir colecciones sin caer en el caos, de mezclar estampados y materiales sin perder coherencia, de crear y mostrar sin saturar el espacio.

¿Qué busca esta expresión personal? Quizás contradiciendo a las tendencias, surge el deseo de crear espacios únicos. El objeto heredado, la artesanía, las antigüedades, todos aportan un valor emocional.
¿Cómo se logra dicho balance entre colocar objetos de decoración con sentido personal? Este equilibrio se logra mediante la selección consciente. Cada elemento debe tener un propósito y formar parte de una historia. Lo que se muestra debe contar con un significado genuino.
Se puede empezar con una paleta de colores que vaya acorde con el gusto individual sin temerle a los tonos ni al dramatismo. Pueden ser esquemas monocromáticos como el color drenching, técnica que consiste en utilizar un solo color en diferentes tonalidades, texturas y acabados o, por el contrario, implementar un conjunto de contrastes con un tono neutro que conecte diferentes áreas.
La selección de materiales debe responder a la experiencia sensorial. Aquello que atraiga plácidamente de manera táctil o visual; esto puede convertirse en el ancla del diseño del espacio.

Los materiales naturales, además de su textura y color, brindan también una sensación olfativa envolvente. Al mezclar tejidos con maderas y piedra, formas geométricas con curvas y elementos orgánicos, se logra un balance entre lo cálido y lo frío, lo natural con lo industrializado. Lo más importante es que el conjunto refleje la manera de vivir de quienes habitan el espacio
La luz siempre es bienvenida en los hogares; hay que dejarla entrar en cada rincón. Son aprovechables las lámparas escultóricas, tanto de piso como de techo; esto refleja la personalidad.
Aventúrate, no es necesario que todo esté a juego.
Las diferentes texturas y patrones son reflejo de los propios intereses. Todo aquello que produce alegría recibe un lugar prominente en los hogares: fotografías, pinturas y recuerdos atesorados pueden convivir en un espacio. Además, tener a la vista aquello que es agradable permite darse cuenta de que quizás no se necesita más.

Lo importante es seleccionar lo que realmente tiene un significado e integrarlo en un todo como un gran tapiz.
Un espacio puede estar lleno de objetos y transmitir calma si existe una intención clara y coherente de diálogo visual entre ellos y con quienes lo habitan. El diseño debe ser una conversación entre el pasado y el presente, tradición e innovación.
El resultado del diálogo es un ambiente que respira personalidad, espacios que invitan al descanso y a la reflexión al mismo tiempo que celebran las vidas de sus habitantes.
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